La mujer más inteligente del mundo: odiaba la escuela y tuvo una infancia infeliz

Marilyn Vos Savant no mira televisión. No escucha la radio. No lee novelas. No tiene niños ni mascotas. No acepta visitas que no se anuncien con anterioridad. No tiene memoria fotográfica ni es muy buena con grandes operaciones matemáticas. A veces se permite hojear distraídamente The New York Times, pero enseguida se aburre.

Se despierta a las siete, invariablemente, todas las mañanas. Desayuna café negro, sin azúcar. Camina en una cinta durante media hora y después se sienta en su escritorio a trabajar en el proyecto que tiene en manos en ese momento. Los vecinos que se cruza en el ascensor apenas intercambian alguna palabra con ella.

Saben que su marido, Robert Jarvik, es el creador del corazón artificial Jarvik 7, y una verdadera eminencia, pero eso es todo. La tratan con una respetuosa distancia. Pocos saben que es escritora.

Ha escrito novelas, pero sus libros más vendidos son aquellos en los que enseña a ejercitar la mente. Algunos de ellos se llaman: El poder del pensamiento lógico, Gimnasia cerebral en acción, Olvidé todo lo que me enseñaron en la escuela. Sus vecinos no lo saben.

No saben, tampoco, que esa mujer alta, elegante, de intenso pelo negro y piel blanca es la persona más inteligente del mundo en la actualidad. Así figura en el libro Guinness de récords: posee un coeficiente de 228, el más alto del planeta.

Marilyn vive, en gran medida, de esos test de IQ que se le realizaron desde que era una niña. Cuando a sus cuarenta años entró en el Guinness, su vida cambió por completo.

La revista Parade publicó un perfil sobre ella y las cartas de lectores que llegaron fueron tantas que le ofrecieron una columna, que sigue vigente hasta el día de hoy.

Ask Marilyn, se llama, y en ella Vos Savant responde preguntas: ¿Puede una persona morir de agotamiento? ¿Cómo arde el sol sin oxígeno? ¿Por qué ocurren tantos incendios forestales en California?

Con una paciencia de maestra jardinera, Marilyn les explica conceptos básicos que pueden encontrarse en una rápida búsqueda de Google. Frente a las inteligencias artificiales que hoy deslumbran y asustan por partes iguales, la suya es una inteligencia natural, lógica pero humana.

Frente a las inteligencias artificiales que hoy deslumbran y asustan por partes iguales, la suya es una inteligencia natural, lógica pero humana.

Como en muchos casos, la inteligencia fue su don pero también su condena. Marilyn nació en San Luis, Misuri, en 1946. No fue especialmente estimulada por sus padres, que eran gente sencilla: regenteaban un restaurante en un barrio obrero de San Luis y poco después abrieron una tintorería.

Desde pequeña, Marilyn mostró su singularidad. Se aburría en el colegio, era despreciada por sus profesores, que la consideraban soberbia, se sentía una freak en un mundo dominado por hombres.

“Odié la escuela”, diría después, pero en esa época sus capacidades le valieron los primeros test de inteligencia, en los que obtuvo invariablemente la puntuación máxima. A los siete años tenía la inteligencia de una persona de veinte; a los diez, ya era más inteligente que cualquiera.

“No tuve una infancia feliz. Odiaba el colegio. Muchas veces me sentí frustrada por ser tratada como una ciudadana de segunda clase: una niña. Mis padres y profesores veían mi inteligencia como algo simpático, nada útil”, diría en una entrevista. No destacaba por sus buenas notas: tenía que ocultar su condición para integrarse a los demás. Su padre, avergonzado por no poder enseñarle, le dijo que lo mejor era que estudiara por su cuenta, y así lo hizo: durante el día ayudaba en el negocio familiar; por las noches, estudiaba y escribía.

“No tuve una infancia feliz. Odiaba el colegio. Mis padres y profesores veían mi inteligencia como algo simpático, nada útil”,

Marilyn Vos Savant, escritora
Lo cierto es que su inteligencia superior, sumada a su condición de mujer, le complicaron las cosas. Desde muy pequeña se opuso a la tradición de llevar el apellido paterno, prefiriendo usar el apellido de soltera de su madre.

Sus profesores la desdeñaban: el de ciencias naturales, incluso, la excluyó de su clase por ser la única niña que asistía. Se casó a los dieciséis, y al cabo de una década se divorció. El matrimonio le significó dos hijos: Mary Catherine Blinder y Dennis E. Younglove, ambos médicos.

Su sueño era ser escritora, pero las dificultades económicas se lo impedían. Se involucró entonces en el negocio familiar. Cinco años después había desarrollado una base de subsistencia que significaba tiempo. Empezó a colaborar en revistas con cuentos, pequeños ensayos y notas periodísticas.

En 1980, pasó a formar parte de la Mega Sociedad Internacional, cuyos miembros deben tener un coeficiente superior a 170. Cuando en 1985 sus integrantes pasaron por el test de inteligencia, el de Marilyn dio como resultado un número altísimo, 228.

Solo una entre treinta millones de personas logra algo por el estilo (para que se den una idea: Albert Einstein y Stephen Hawking tenían un IQ de 160).

Un año después, a raíz de un libro, el caso de Marilyn se vuelve famoso. Su inclusión en 1986 en Guinness atrajo una gran atención sobre ella por parte de los medios.

Comenzó a dar entrevistas televisivas y conferencias, escribe artículos firmando con su nombre real.

En 1987, Marilyn se casó con Robert Jarvik, un médico que tiene una fundación para las enfermedades cardiovasculares. Desde entonces, viven con modestia y sin llamar la atención.

En 1990 publicó en su columna el famoso problema de Monty Hall. “Imagínese que está participando en un concurso televisivo y que tiene que escoger entre tres puertas. Una puerta oculta un coche mientras que las otras encierran un par de cabras. Usted selecciona la puerta con el número 1 y el presentador, que sabe lo que está escondido detrás de cada una de las puertas, abre la tercera puerta, dejando ver una cabra. Ahora le pregunta a usted si es mejor quedarse con la primera puerta o si usted prefiere seleccionar la segunda puerta. ¿Es mejor cambiar de puerta?” Marilyn presentó una solución posible al problema.

Según ella, lo mejor era seleccionar la segunda puerta, aumentando las probabilidades de ganar el coche de 1/3 a 2/3. Recibió unas diez mil cartas como respuesta. Muchas de ellas machistas, ofensivas, insultantes.

Muchas absolutamente convencidas de que la probabilidad de ganar el coche era la misma en ambas puertas. Profesores universitarios, miembros de la CIA y del MIT salieron a desmentirla, pero al final se demostró que su respuesta era correcta.

Marilyn visita museos, junto a su marido. Escuchan ópera y piden comida por encargo. Acude a fiestas sociales y está aprendiendo bailes de salón.

Una vez, un fan le preguntó en un debate televisado: “¿Cuándo se va a acabar el mundo?”. Marilyn dudó unos segundos antes de reconocer que no sabía. El hombre expresó sus dudas acerca de su inteligencia. “Quien haya ido a la escuela -dijo- sabe que el mundo se acabará cuando regrese Jesús.”

Pero lo que más le gusta es pensar. Puede pasarse horas tirada en un sillón, con la vista fija en el vacío, ejercitando eso para lo que vino al mundo. ¿Qué ve ahí? Nosotros, tristes mortales, no lo sabremos nunca.

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